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miércoles, 5 de agosto de 2015

EL DIFICIL CAMINO A LA SIMPLICIDAD

Pasado el medio siglo de vida, y tantas cosas por hacer...

Recuerdo mi niñez, cuando los días de verano eran eternos, y llegar al siguiente cumpleaños parecía un reto inalcanzable... tantas ganas de crecer, que casi se pasó la infancia en la espera. Es verdad: pasaron cosas mientras tanto, pero aún así parecía que lo mejor estaba por llegar.

Cuando por fin crecí todo sucedió muy deprisa: el primer amor, la primera decepción, la primera casa, el primer hijo... los años parecían acelerarse de un modo loco y los aniversarios decidieron amontonarse, y aún no había acomodado los regalos de Navidad y ya tenía encima un cumpleaños más...

Los hijos crecieron, con sus más y sus menos, y sin darme cuenta se fueron yendo de casa. Algunas personas queridas emprendieron el viaje del no retorno también... la madre querida, la buena vecina que considerabas de la familia cuando eras pequeña, la amiga del alma confidente de penas y alegrías.

 Nunca he sido una madre sobreprotectora. Desde el primer suspiro de vida de mis hijos supe que mi labor era enseñarles a volar. Nunca he sido la amiguísima que te llama cada día, que recuerda tu cumpleaños y no falla con sus tarjetas navideñas. Seguramente, soy más bien un alma libre que valora sobre todo el respeto y el espacio de los demás y el suyo propio... pero todo ocurrió tan rápido... tan, tan rápido...

Pasado el medio siglo de vida, aún me miro al espejo y veo en el fondo de mis ojos a la niña que tenía prisa por vivir. Hay tantas cosas por hacer...

No quiero dedicar los años que me quedan a acumular muebles, ropa y trastos inútiles. No quiero dedicarme a limpiar cacharros que necesitan mantenimiento, ni buscar una camiseta en un armario tan abarrotado que me impida ver qué hay dentro.

No quiero buscar en el trastero y encontrar cosas que ni recordaba que tenía.

No quiero caminar por habitaciones repletas de muebles que me impiden bailar, y que acumulan polvo bajo sus patas. No quiero alfombras que aspirar, ni electrodomésticos que almacenar en las despensas durante años.

Quiero romper en trizas la cristalería buena para no sacarle brillo nunca más, quiero hacerme una mantita caliente y mullida para las tardes frías de invierno con las cortinas de terciopelo...
No voy a perder ni una sola tarde más paseando por un centro comercial lleno de cosas que no necesito y que han sido expuestas para que las considere imprescindibles en mi vida.

Tanta prisa por crecer, tantas ganas de hacer, de tener... para llegar a la conclusión de que solo quiero vivir tranquila. Pasear por la alameda. Comer con mi familia un domingo entre risas. Un jersey abrigo para el invierno y una mecedora a la sombra para el verano. Una taza de café caliente. Un vaso de cristal lleno de agua helada.

Cincuenta años para tenerlo todo y para darme cuanta de que no necesito casi nada. Suspirar porque los días de verano vuelvan a ser eternos, por acumular momentos en la memoria, por desnudar mi casa de cosas inútiles, mi cuerpo de ropas incómodas, mi mente de pensamientos lastrantes, mi alma de miedos absurdos...




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